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Vino, identidad y oportunismo
Lunes, 01 de Diciembre de 2008
La revista estadounidense Wine Spectator eligió al vino Clos de Apalta 2005, de Viña Casa Lapostolle, como el mejor vino del mundo en 2008. Este hecho fue aplaudido por todos los amantes del vino en Chile, incluidos viñateros, críticos, agentes y actores del sector vitivinícola nacional.

Esto es muy bueno, tanto por el inédito galardón a un vino chileno como por las respectivas celebraciones. Pero también es bueno porque este gran reconocimiento a Clos de Apalta y Casa Lapostolle, ha implicado que los céticos y críticos de otrora ahora hayan celebrado con entusiasmo este número uno del mundo otorgado a un vino chileno que tiene la mano de Michel Rolland y fue producido en viñedos locales de propiedad de viñateros franceses.


Sin duda que el reconocimiento de Wine Spectator al vino de Casa Lapostolle es un gran espaldarazo y estímulo a la industria chilena del vino en general, y también un gran reconocimiento al trabajo de Rolland en Chile, en particular. Además, Casa Lapostolle fue elegida Mejor Viña del Nuevo Mundo 2008 por la revista Wine Enthusiast.

Es que las críticas “puristas” de otrora contra Rolland eran ridículas, pero fue necesario que el reconocimiento viniera desde afuera para que los céticos ahora celebren el título de mejor vino del mundo logrado por Casa Lapostolle y el enólogo francés que asesora a ésta y a muchas otras viñas y bodegas alrededor del mundo.

Esos críticos y céticos reflejan un peculiar oportunismo. Así como otrora criticaron a Rolland cuestionando su capacidad de poder desarrollar vinos únicos, diferentes y que reflejaran las características del lugar donde eran producidos, ahora no tuvieron otra posibilidad a no ser aplaudir con entusiasmo el galardón otorgado por la revista estadounidense al Clos de Apalta 2005, un blend tinto mayoritariamente compuesto por la cepa Carmenère.

En otros aspectos de la industria del vino también aparecen facetas de curioso oportunismo, vinculado, por ejemplo, al marketing de los productos.

Es así como de un tiempo a esta parte han proliferado vinos con nombres en lengua mapuche, queriendo rescatar una identificación con lo nativo, con lo “nuestro”, con la tierra.
 
Sin embargo, de manera general, muchas de esas viñas que denominan sus nuevos vinos con nombres “nativos” no tienen una relación de proximidad con lo “nuestro” y su “gente”, sino más bien aplican estrategias oportunistas de marketing buscando identificarse con las “raíces”.

Y esto se explica por la creciente demanda a nivel mundial de productos diferentes, “autóctonos”, únicos, que reflejen las características de cierto lugar, su geografía y su gente.   


Pero como todo oportunismo, estrategias “marketeras” de ese tipo tienen vida corta, pues no se sustentan en algo real. Tener un nombre que supuestamente lo vincula a la tierra local, no garantiza para nada que un determinado vino sea reflejo de una relación fuerte y verdadera con la tierra y su gente.

Y esto es tan patente que ahora el mejor vino del mundo 2008 es un vino chileno producido con la influencia determinante de un enólogo francés en una viña de capitales franceses ubicada en uno de los más prestigiosos valles vitivinícolas de Chile, el Valle de Colchagua.

Podrán colocar nombres mapuches a muchos vinos más, pero la calidad, marca y características de un determinado terruño no se manifestarán por una mera estrategia “marketera”. Así lo ha demostrado Casa Lapostolle y Rolland con el vino Clos de Apalta 2005.

Vivir la globalización en la industria del vino significa juntar los mejores talentos, experiencias y recursos para producir el mejor vino posible con características únicas, locales y especiales de un determinado terruño, sin importar la nacionalidad de los capitales o enólogos involucrados. El “purismo” y una cierta tendencia xenófoba, aliado a un folclórico marketeo “nativo”, no le hacen ningún favor a lo más característico de nuestros vinos, que es la riqueza de nuestra tierra, geografía y gente.      

Hagamos entonces un Gran Salud con Clos de Apalta 2005, celebrando a la familia Marnier de Casa Lapostolle y a su ilustre enólogo asesor Michel Rolland. Ellos han logrado colocar en la cima de la crítica internacional un vino chileno producido con uvas del Valle de Colchagua, independiente de nombres “nativos”, apelaciones folclóricas y tendencias “puristas” y xenófobas.   
(todovinos.cl)