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 Son esas situaciones que suelen suceder y claro, como son emergencias, uno no las puede prever. Sin duda a muchos les ha ocurrido el caso de tener una reunión social, un encuentro o algo similar y tener que presentar un vino que, lógicamente, denote la calidad de los caldos nacionales. Eso no sería problema, ya que en Chile tenemos una inmensa gama de vinos de excelente calidad. El problema reside en tener que conseguir un vino de calidad en horarios no convencionales o en situaciones que no se puede ir a una tienda especializada o un buen supermercado que ofrezca variedad de vinos.
Pues bien, esa situación me sucedió en Valparaíso. Después de un caluroso y energizante día de playa en Viña, recibí la llamada de una amiga rumana que está hace un mes en Chile. Tras haber visitado el norte del país regresaba a Valparaíso y me contactaba para cobrarme la palabra para que nos juntáramos y degustáramos un buen tinto chileno. Después del llamado telefónico, y resultado de estos ya veraniegos días de sol y brisas en la costa central, me dejé llevar por el romper de las olas, los cálidos rayos de sol y una brisa refrescante. De pronto, sin darme cuenta, el sol ya comenzaba a ocultarse. Resultado, se me habían pasado las horas y tenía que comparecer al encuentro con Ana Romaneska, esta amiga rumana de un rostro de especiales trazos y una muy elegante y bella figura.
Partí de prisa a Valparaíso para no llegar atrasado al encuentro, pero al mismo tiempo tenía que comprar un buen vino para poder cumplir con lo acordado. Fue entonces que agradecí estar en Chile y poder contar con buenos vinos al alcance de la mano y a precios muy convenientes.
Fue todo un agrado poder ofrecer a Ana Romaneska un vino que me sorprendió por su equilibrio, elegancia y suavidad. En una botillería del Cerro Alegre había encontrado un Oveja Negra Carmenère/merlot Reserva 2008, del Valle del Maule, que estaba excelente y a tan sólo 3.200 pesos. Degustamos un par de botellas en la galería de arte Cult-Art, de mi amigo Manolo Sierralta, ubicada en Almirante Montt con Galos, también en el Cerro Alegre. Habíamos marcado allí nuestro encuentro porque se realizaba la preinauguración de una nueva exposición de pinturas. Son estas situaciones cuando uno valora estar en un país de vinos y poder encontrar un caldo de calidad en una botillería de barrio, lo cual habla muy bien de la variedad de los vinos chilenos y de una oferta que poco a poco va llegando de mejor manera a locales comunes. Ana Romaneska quiso saber si era un vino especial que lo había elegido por alguna razón específica. Sin querer exponer mi descuido en la playa y me atraso en la compra de los vinos, le expliqué sin detalles lo ocurrido, y al mismo tiempo le hice ver la amplia variedad y calidad de los vinos nacionales.
En rigor, no se podría decir que esta amiga oriunda de Bucarest es una especialista en vinos, pero como rumana el vino es algo muy presente en su vida y la de su familia, pues se consume a diario en las comidas y su abuelo tiene viñedos en un pequeño campo en el norte del país, algo común entre las familias rurales rumanas, pues producen vino para consumo familiar.
Antes de su viaje al norte de Chile, con Ana Romaneska habíamos degustado una buena variedad de vinos blancos, principalmente sauvignon blanc de Casablanca y San Antonio. Sin entrar en detalles, se puede afirmar sin error que la gran mayoría de los sauvignon blanc de Casablanca y San Antonio son de excelente calidad. Y así había sido en esa ocasión, cuando junto a los vinos preparamos con unos amigos en Concón una abundante degustación de machas a la parmesana, choritos al vapor y caldillos de pescado. Ana Romaneska es una de las extranjeras que ya está amando Chile, tanto por su gente y paisajes como por sus vinos y productos del mar. Se impresiona por la longitud de nuestras costas y la gran variedad de pescados y mariscos, la cual compara con la que ella considera una reducida costa que Rumania tiene sobre el Mar Negro, dónde no existe la oferta de productos del mar con que nuestro mar chileno nos deleita día a día. La noche fue perfecta. La primera sorpresa la había dado ese Oveja Negra Carmenère/merlot Reserva 2008, pero mi amigo Manolo Sierralta nos daría otra sorpresa al contarnos sobre un hallazgo que había realizado en sus andanzas de anticuario en los remates y ferias de Valparaíso. Después de los vinos que degustamos junto a algunos quesos, Manolo Sierralta nos mostró un verdadero tesoro que guarda hace años. Sin dar detalles de cómo la adquirió, mostró uno de los pocos ejemplares que existen en el mundo de la primera moneda de los Estados Unidos, la Continental Currency. Es una gran moneda de diez centímetros de diámetro que data de 1776 y de la cual existen sólo 60 ejemplares en el mundo.
La singular moneda la guarda hace años como un tesoro que pocos tienen en el mundo, pero como buen marchand pasó el aviso que si se diera el caso está dispuesto a venderla a un coleccionista.
Cosas del puerto, pensé. Aunque lo conozco desde mis primeros años, Valparaíso es una ciudad que siempre te da una nueva sorpresa, un nuevo paisaje, una nueva visión del puerto y el mar, pasajes estrechos con casas muy antiguas colgando de los cerros, personajes humanos singulares que parecen salidos de un cuento. Como antaño, en la actualidad Valparaíso se está nuevamente “poblando” de extranjeros, ya no son marineros ni inmigrantes, sino estudiantes y turistas que se deslumbran con la singularidad de esta ciudad-puerto. Además ahora se pueden encontrar buenos vinos en algunas de sus botillerías y a precios más que razonables. (todovinos.cl/a.t.)
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