
La Factoría N.º 1 de Tbilisi guarda en la profundidad de sus cámaras miles de botellas de vino que no han visto la luz en dos siglos. Colecciones que pertenecieron a los zares rusos y al emperador francés Napoleón Bonaparte y que en el turbulento siglo XX acabaron en manos del dictador soviético Iósif Stalin, siete décadas después de su muerte, el Gobierno georgiano abre esta inmensa bodega al mundo.
La histórica Factoría N.º 1 alberga, según las autoridades del país, “hasta 20.000 botellas de colección con vinos georgianos y extranjeros de primera calidad que han añejado durante más de dos siglos”.
El Ejecutivo ha transferido la factoría a perpetuidad a la Agencia Nacional del Vino, con el fin de identificar las botellas conservadas en la enoteca y determinar su origen. Algunas de estas colecciones serán sacadas a subasta para financiar la construcción de una escuela vinícola.
La bodega no solo conserva algunos de los mejores vinos georgianos, sino también otras renombradas cepas. Entre ellas, châteaux franceses que pertenecieron a los zares rusos Alejandro III y a su hijo, Nicolás II, cuyo imperio se extendía por Georgia en el siglo XIX. Tras la Revolución Rusa de 1917, el Gobierno soviético confiscó las propiedades del zar y parte de su colección de vinos fue transferida a Stalin, secretario general del comité central del Partido Comunista entre 1922 y 1952, año de su muerte.

“Este espacio único conserva vinos y licores añejados durante más de dos siglos y subraya una vez más la importancia de Georgia como cuna del vino”, destacó el ministro de Agricultura georgiano, David Songulashvili, durante la reapertura de la factoría.
“Es nuestra antigua tradición vitivinícola la que ha dado un lugar destacado a nuestro país en el mapa mundial y ha sido durante siglos una parte integral de nuestras relaciones comerciales y culturales”, enfatizó Songulashvili al tiempo que subrayaba que la colección de vinos “conserva la memoria” de Stalin y Napoleón. La presentación de la bodega al mundo ha contado con la presencia del primer ministro georgiano, Irakli Kobakhidze.
(elpais.com)